
Una infinidad de verdes entretejidos, tierra roja, ríos y arroyos con un carácter impredecible y una diversidad de fauna que tiene a la selva como refugio, forman un entorno con vida propia donde uno no puede impedir sentirse observado. Con una humedad desbordante y brisas escasas no hay más opción que adaptarse y dejarse llevar por el entorno. En nuestro recorrido en busca de imágenes de sus habitantes, nos encontramos con un refrescante salto de agua, que como un oasis, prometía brindarnos un descanso de tanto calor. Una roca resbaladiza y un torrente que incrementaba su fuerza a cada paso del rappel, demandaban no perder la concentración, a la vez que permitía disfrutar de su frescura. El agua fría, que contrastaba con el aire calido, golpeaba mi cuerpo intentando arrastrarme con ella. De repente, entre el ruido intenso de la cascada se mezcló un aullido característico de la selva misionera. Era una familia de monos carayá. Con miradas curiosas e inquietas, una madre con su cría nos observaban atentamente como no queriendo perder detalle. Frente a ellos dos jóvenes que comían los frutos que la selva les proveía aullaban alertando sobre su presencia. Con nuestras ropas húmedas ya teñidas de un persistente rojo que está arraigado a la tierra como un sello de identidad característico del lugar, tomamos los equipos y alcanzamos a fotografiar a nuestros espectadores que no dejaban de mostrar su asombro. En nuestra búsqueda por observar, terminamos siendo observados por la selva y sus habitantes, que más allá de avisarnos de su presencia nos aceptaron como parte de su entorno.


|