Iniciar una travesía sin fijar un destino adonde llegar puede sonar
un poco confuso, pero hay lugares en los que uno percibe que no es necesario llegar a ningún destino para que el viaje tenga sentido. Quizá, porque la aventura es la travesía misma. Alistamos el kayak y la tabla de windsurf, chequeamos el equipo de seguridad, cargamos las cámaras y nos apresuramos a salir. Navegábamos a un par de millas de la línea costera, cuando el viento comenzó a soplar
con mayor intensidad.
Intentaba mantener un ritmo parejo cuando observé una
manada de lobos marinos que se habían apostado en un islote a metros del mar.
Seguramente, habían llegado
ahí con la marea alta, y ahora tomaban sol, sin ninguna prisa por arrojarse al mar.
Cuando creía que los estaba observando desde lejos, me sorprendió una mirada curiosa que, a centímetros de mi kayak, no dejaba de observarme. Entre chapuzones inquietos, que daban toda la impresión de ser un juego, por momentos asomaba del agua y detenía su mirada, mostrando toda su expresividad. Se sumergió y, apenas un instante después, un grupo de lobos se acercaron despojados de toda timidez, decididos a seguirnos. De repente la tabla de Fede se encontró rodeada de miradas curiosas que lo acompañaban. Volqué mi kayak y me sumergí con la cámara. Uno
de ellos se detuvo frente a mí, observándome detenidamente. Me apresuré a
sacarle una foto, retratando
la curiosidad de su rostro. Todavía quedaban algunas horas de luz y mucho por remar. Apenas habíamos empezado a recorrer la península y, sin ninguna duda, nos sentíamos huéspedes, con anfitriones que no desperdiciaban oportunidad de hacernos sentir acompañados.


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