En la monocromía del blanco, luminosas pinceladas de azules se desdibujaban sobre abruptas paredes en las que se formaban cascadas con incansables torrentes. Con mano firme clavé la piqueta en el hielo cristalizado que desprendía esquirlas como diamantes.
Detrás de una interminable elevación que escalamos sin descanso apareció una caverna con una laguna de agua transparente. Fijamos los anclajes, arrojamos la cuerda y me deslice suavemente internándome cada vez más profundo. El sonido de la cascada retumbaba entre las paredes circulares recordándome que el hielo está vivo y en constante transformación. Al otro extremo de la cuerda Vanesa capturaba en imágenes cada momento del rappel.
Un sol esquivo entre nubes que corrían aceleradamente proyectaba sombras que avanzaban sobre la superficie. Con cada cambio de luz las escarpadas grietas del Glaciar Viedma adoptaban incontables contrastes creando la ilusión de que sus picos se movían como un suave oleaje. Ya en el fondo de la caverna los equipos de filmación y de fotografía apenas aguantaban unos minutos secos. Las lentes se empañaban y se mojaban continuamente. Al igual que para avanzar sobre las paredes de hielo la filmación se tornaba cada vez más complicada. El glaciar nos estaba entregando sus fantásticas imágenes a cambio de que aceptemos cada una de sus exigencias, a la vez que nos invitaba a la contemplación, pero por sobre todo a la admiración de como agua, viento y sol se juntaron para modelar un paisaje tan extraordinario.

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